El «viaje a Tierra Santa» no es un «viaje de placer» como si a un destino de descanso merecido nos fuéramos. No es tampoco un «viaje de aventuras», como parece que entienden algunos cuando, en las calles de Jerusalén o en los alrededores del Lago, van vestidos como si en un safari estuvieran. Tampoco es un «viaje a lo raro del mundo», como el joven de pintas despistadas que vi hace poco en el Santo Sepulcro, con bermudas, gafas de sol, gorra de «beisbol» y sorbiendo descaradamente un café con leche en un vaso grande de cartón, tal como si estuviera en un parque temático.

El «viaje a Tierra Santa» es una peregrinación. Una peregrinación exterior porque se hace a pie; se pisa, se toca suelo, se toca barro. Se está con la gente, se hacen filas, se besan las rocas, se toca el agua del lago. Se oyen los cantos de los muecines llamando a la oración; los cantos eléctricos y nerviosos de los judíos y las campanas de las Iglesias. Se contempla por la noche la silueta de las montañas que rodean al Lago (¡las mismas montañas que vio Jesús!), y se siente la sequedad tremenda del desierto de Judá, el mismo desierto que cruzaba Jesús en su camino de subida de Jericó a Jerusalén. A Tierra Santa se va con «botas», no con «zapato de paseo». A Tierra Santa se va con «mochila», no con «baúles» que pesan y estorban.El «viaje a Tierra Santa» es una peregrinación interior.El ser humano es un «caminante», pero un «caminante acorazado». Todos vamos con «corazas» y no permitimos que ninguna rendija permita entrar en nuestra vulnerabilidad. El peregrino suele ir muy serio a los lugares santos. De repente, en el Lago, escucha el relato de la «llamada de Jesús» a sus discípulos y, casi sin darse cuenta, las lágrimas le saltan a los ojos: «tú sabes bien lo que tengo- canta-, en mi barca no hay oro ni espadas». El peregrino llega a Nazaret. Nazaret está impregnado de María: el peregrino escucha cómo la «joven-llena de Dios» dijo un «sí» rotundo y confiado; aunque no quiera, el peregrino ve cómo pasa por delante de sus ojos sus «noes» rotundos, pero llenos de miedos, a las propuestas de Dios. El peregrino llega a Caná; ahí se derrumba: un peregrino está con su esposo o esposa y sólo ellos saben lo que viven: enfermedades de uno de los dos; tensiones familiares; o, por qué no, felicidad sin límites… Otro peregrino es viudo, y no para de llorar recordando a su esposa (no me lo invento, lo he visto con mis ojos); otros no están casados, pero también ellos quieren celebrar el amor que se tienen… El peregrino se acuesta a las aguas del Jordán, y recuerda su bautismo ¿qué hecho yo con mi bautismo, con mi fe? El peregrino va a Belén, y no entiende tanta pobreza, tanta normalidad,  tanta ternura y tanta sencillez para que nazca el hijo de Dios

El peregrino llega, por fin a Jerusalén, destino que ansía. Lo mejor es dejar el Santo Sepulcro para el final, el último día, porque es la cumbre. En Getsemaní el peregrino llora al ver cómo también él no ha podido velar con Jesús, o cómo se hunde ante el peso del dolor. En El Gólgota besa con pasión la cruz de aquel que se entregó por todos y cada uno de nosotros: nosotros, ¡con nuestras historias, contradicciones y páginas emborronadas que no nos gusta recordar! El peregrino llega a la Tumba Vacía y descubre que el ángel dice: «no está aquí». ¿Cómo? Si no está, ¿para qué hemos venido? Precisamente por eso, porque Jesús no está entre los muertos, porque no está muerto. El peregrino no va a cerciorarse y levantar acta notarial de que la Tumba está vacía; el peregrino va a cantar con todos los cristianos de todos los siglos (de ayer y de hoy), que Cristo vive. El poder de la muerte no le ha podido. Su Padre Dios le ha dado la vida para siempre. El peregrino besa la losa y reza: «creo que vives y creo que estás vivo en mi vida, en la vida, en las personas que aman y luchan; no eres un Dios de la muerte, sino de la Vida en plenitud».

En Tierra Santa el ser humano alcanza su condición de «homo viator», de «humano que camina», de «humano que se encuentra consigo mismo y con los demás en el camino». Pero, ¿no se podría simplemente ir por cualquier camino? Sí, los caminos pueden transitarse, pueden atravesarse y ser pisados, pero lo importante es quien los anda y con quién vas. En Tierra Santa caminas el camino con Jesús.